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martes, 13 de octubre de 2020

LITERATURA DE MIERDA

 



Literatura de mierda

    La actitud en la lectura, como en la vida, a veces lo es todo. Desde que comencé este blog he intentado convencer a mis pocos seguidores del porqué de esta vieja actividad. Tal vez haya quien siga creyendo que este es un espacio de recomendaciones, como tantos otros. No dará en el clavo de la intención, entonces. Me dirijo a vosotros con el convencimiento de que todo el mundo tiene buenas intenciones al coger un libro. De hecho, ya me hace feliz que alguien se acuerde de hacerlo solo por el placer de dedicar un tiempo de su vida a leer. Pero no olvidemos, y ya hice hincapié en su momento, que no se puede consumir cualquier cosa, ni hacerlo compulsivamente. Los hay, también, que cultivan el postureo, o que se esclavizan de ciertos títulos porque lo marca el canon literario: tenemos la obligación de leer libros imprescindibles. Habremos visto títulos como ese: "los cien libros que no puedes dejar de leer antes de morir", y cosas por el estilo.
    Yo soy de los que creen en el valor de los clásicos, en lo que aportan, en la calidad que supone que se hayan ganado ese apelativo, que llega a ser categoría y que se transmite a lo largo de los siglos. Sin embargo, leer por leer o con un objetivo que no sea el interés, el placer o la intensidad que provocan las buenas historias o las ideas profundas, no es nada, en el fondo.
    Este fin de semana, aprovechando el puente del día de la Hispanidad, María estuvo en la provincia de Cádiz para una reunión familiar. Estando en Jerez pasó por la librería "Libros El laberinto" y tuvo el detalle (como siempre tiene conmigo) de comprarme un ejemplar de Henry Miller: Leer en el retrete. Ya hasta el título despierta la atención. Resulta que el dueño de la librería es un señor que compite en el programa de televisión Boom, donde hay que tener cierta agilidad mental y memoria, y haberse empollado buena parte de la enciclopedia Larousse. Pues bien, le recomendaron este minúsculo y elegante ejemplar de una obra secundaria, casi un entretenimiento, del genial Miller, uno de mis escritores preferidos. Acaban de reeditarlo, porque estaba descatalogado, así que miel sobre hojuelas. Un descubrimiento.
    Lo cierto es que el librito es una reflexión sobre el acto de leer que coincide con muchas de las cosas que suelo decir al respecto, y me ha parecido oportuno recomendarlo. Condensa, de algún modo, algunos aspectos interesantes de lo que de ello se puede decir. Entre otras cosas, que la manía de leer cosas insustanciales supone una forma de perder el tiempo o, mejor, de contaminar los sueños que construyen nuestro modelo literario: el que vamos elaborando con los años y con las inquietudes que nos mueven. Leer por leer, en el sentido superficial del término, es un daño innecesario y hacerlo porque alguien cree que debes hacerlo, también. Este pensamiento remite a la libertad del individuo, pero también al sentido crítico del mismo, a su responsabilidad. 
    Cuando leemos, al igual que cuando opinamos, desentrañamos lo que llevamos en el vientre, lo movemos para ponerlo en funcionamiento, del mismo modo que cuando visitamos el WC. Y no hay nada de extraño en comparar, de forma quevedesca, lo escatológico con lo intelectual, puesto que el auténtico ser ha de tener el cuerpo sano, despejado y evacuado para poder rendir al máximo. De ahí que lo primero sea lo primero.
    Sin embargo, utilizar la literatura para nada que no sea leer por leer, en el sentido más intenso de la palabra, es como oír sin escuchar, atender sin comprender, querer sin amar. Y, visto lo visto, hemos llegado a punto de la involución del hombre (no lo puedo llamar de otro modo), en el que las generaciones venideras leerán como el que consume un sandwich mientras camina rápido hacia el metro, o como el que asiste a un concierto y se pasa todo el rato grabando con el móvil, mientras la vida transcurre sin que él o ella se percate. 
    Debe ser el signo de los tiempos. A lo mejor la lectura debería ser otra cosa para el hombre del futuro. Esto también se lo pregunta Miller. Pero, sin duda, aunque desaparecieran El Quijote o El proceso, nadie entendería que el sentido íntimo de la lectura no siguiera siendo el mismo. De ahí que el buen lector ha de exigirse pasión en lo que hace, atención al detalle, compromiso con su ejercicio: como el que va al gimnasio a entrenar de verdad, o como el que se acicala porque tiene una cita importante. Solo de esa forma podremos entender qué es lo que nos mueve a leer, o recordar por qué un día cogimos, por primera vez, un libro. Es como el primer amor, o el primer beso, que nos arrebatan pero se olvidan pronto. Toda esa máscara de intelectualidad, de sabiduría, de cultura, etc., no son nada si no hay un motivo real y sincero. Por tanto, ir a leer al WC es como leer literatura de mierda: lo importante, al final, acaba en el alcantarillado.
Un abrazo.



domingo, 13 de septiembre de 2020

TEATRO CRÍTICO UNIVERSAL

 Teatro crítico universal 1726-1740 / Benito Jerónimo Feijoo


Teatro crítico universal


    Es curioso. Reviso los comentarios de facebook de vez en cuando, hay veces que a diario, y casi me da vergüenza decirlo, puesto que las redes sociales no son, ni serán, mi fuerte. Y no es por una especie de actitud de superioridad (propia de la gente que no es flexible a los cambios que impone el mundo y la tecnología), sino por el lenguaje que impera y la forma de comunicación en que se ven envueltos los participantes. De vez en cuando, como digo, me paro a leer lo que pone la gente, con más o menos interés, y descubro varias cosas interesantes: en general, cada uno va a hablar de lo suyo, lo cual es loable y lícito, puesto que de eso se trata, pero se suele dar el caso de que las contestaciones, las diferentes participaciones a raíz de una entrada, un artículo, una foto o lo que sea, suelen ser escuetas o, peor, caen en la frase hecha, el exabrupto, el insulto, la exclamación anodina, sin sentido, la palabra gruesa.
     Las redes sociales deben ser, y son, los foros del siglo XXI, de la modernidad, en la que ya deberíamos haber superado los viejos prejuicios, los victimismos históricos, las calamidades del pensamiento populista, las demagogias baratas, y otros males del pensamiento. Sin embargo, para mi pesar, veo cómo la gente, en general, junto a la típica frase melosa y azucarada que invita a salvar el mundo, coloca el insulto abismal, recio, bajuno, que ataca ideas contrarias, ya sean políticas, religiosas o que simplemente buscan minimizar al otro.
     Leyendo al padre Feijoo reflexioné sobre el papel de los ilustrados en España. El siglo XVIII está muy denostado por la crítica: algunos opinan que es un libro perdido, que no hay suficiente calidad, que no hay "alma", como dice un compañero mío. Una poesía vacía, superficial, ensayistas en vez de novelistas, teatro que alecciona, pero que no enamora. Sin embargo, Feijoo demuestra que una cosa sí es cierta: el pensamiento, la argumentación, la calidad de lo leído y lo sabido son piezas capitales de una sociedad culta y equilibrada, una sociedad en progreso. 
     La gente suele escribir llevada por el principio de acción-reacción, y en estos casos la reacción busca ahogar a su antecedente a través del medio fácil: la sátira, la ridiculización, el titular. Es difícil mantener la compostura, vestir las ideas de argumentos, sostener el edificio del pensamiento con lo acumulado a través de los años y la lectura. Hay personas que leen mucho, pero esto no garantiza nada porque pueden no leer bien. 
     La forma que tiene la gente de expresarse, por lo general decimos, es tan pobre en argumentos sólidos, en ideas bien conformadas que, incluso en asuntos de gran simpleza, carecen de una mínima reflexión. Estas cosas se entrenan, pero para eso es importante seleccionar bien lo que se lee, puesto que no tenemos muchas vidas para gastarlas con los libros. 
     Lo que demuestra facebook es que se lee poco o se lee mal y, por otra parte, que no se saca partido del tiempo que dedicamos a los libros. Será porque vivimos deprisa, será porque no nos importa la imagen que damos, que es penosa cuando nos aplicamos al verbo rápido y desnudo de razón, será. Pero es preocupante, en todo caso, que tik-tok, o como se llame, sea el referente cultural de generaciones que crecen intentando imitar cualquier estupidez que alguien, listo para los negocios, quiere inculcar con el único fin de que le rían la gracia y, de paso, ganar unos cuantos miles de euros. Por supuesto, si alguien hace esto es porque existe un rebaño que lo hace posible.
     Niños jovencísimos que se enriquecen como influencers o como youtubers y que no tienen nada que aportar a la sociedad, más allá de una postura llamativa, una bailecito, una habilidad curiosa y poco más. Luego están las/los que dan consejos para vestir (?) y aquellos/as que intentan decorarte la casa, enseñarte qué comprar y cosas así.
     El circo de la vida no se detiene y nos arrastra con él. Las cabezas de los jóvenes no están protegidas contra la estupidez general y caen, como moscas, en el absurdo, en la actitud indolente, en la falta de criterio. Es un mal actual muy extendido. No obstante, no son cosas de niños, son hábitos que influyen en la comunicación general, en la mala información, en la mentira que se repite hasta la saciedad, y que otros creen, en lo que vemos en los políticos de hoy, y veremos en los de mañana, en unos medios que nos des-informan para mantenernos a raya.
     Feijoo muestra cómo se combate la imbecilidad, las llamadas tradiciones, los barbarismos, las especulaciones. La razón es un edificio enorme que se construye poco a poco, paso a paso, y que necesita ir acumulando bloques sólidos para no dejarse caer de golpe. Y, como siempre, nuestra actitud individual hace que el mundo evolucione o se autodestruya. A veces, cuando leo facebook, imagino que los demás participantes hacen este tipo de reflexiones. Normalmente, despierto pronto de los sueños.
Un abrazo. 

viernes, 24 de julio de 2020

LA SOMBRA DEL CLÁSICO



La sombra del clásico


     Jamás he sido un aficionado a los best sellers, la verdad, porque me parece que, en general, suelen nadar en la mediocridad, aunque, por supuesto, no andan exentos de ciertas virtudes. La lógica nos dice que un libro con mucha aceptación llega a la sensibilidad mayoritaria, por lo que tiene que bajar a las arenas para ser observado con calma. Tampoco quedarse en las esferas es sinónimo de calidad, por lo que no debemos confundirnos.
     Carlos Ruiz Zafón nos dejó hace poco. Una verdadera lástima para el mundo de la literatura, pero fundamentalmente para él, como hombre joven que era, y para su familia, por supuesto. Su obra cumbre, La sombra del viento, era una de esas obras que yo tenía en el catálogo de objetos perdidos. No sé si fue la noticia de su fallecimiento o, simplemente, era el momento, pero terminé cogiendo un ejemplar que mi pareja tiene en nuestra biblioteca. Mi hermana Esmeralda, y mi madre, lo leyeron hace tiempo con gran placer y yo, que soy un descreído en estas lides, solo hice caso a mi instinto y lo arrinconé.
     Estaba en lo cierto, pero no del todo. Zafón es un magnífico artesano de la novela, que construye las tramas como nadie, que escribe de manera ágil, sin repetirse, con gran sentido del giro, de la escenificación, que dramatiza a la perfección y que, seguramente, se ha dotado de una técnica precisa gracias a sus abundantes lecturas. Se puede detectar eso en su manera de tensar la cuerda de los personajes, en la forma que tiene de dibujar el contorno de la tragedia mientras nos hace pulular por derroteros imbricados, su descripción de los detalles más importantes, su ambientación. El folletín del siglo XIX, la novela clásica y hasta el novelón romántico están en esta obra.
     Pero no es un pastiche, no, es una criatura original, que da forma a una memoria personal (me atrevo a decir) de un tiempo que tenía escondido en el corazón, y eso lo hace auténtico y medido. Hasta aquí, los halagos.
     La sombra del viento es, también y como suponía, una historia preciosa que devora a los personajes, que están estereotipados hasta la extenuación (como debe ser, por otra parte, en una novela de corte clásico como esta), donde la anécdota lo es todo y donde la teatralización de los espacios no deja lugar a la cotidianidad de lo común, puesto que lo común se convierte en presencia obligatoria de un engranaje de la maquinaría total, que ha de rodar constantemente para mantener la intriga del lector y su atención. Esta forma de ganarse al lector está muy conseguida (lo ha hecho conmigo también) y dura hasta que se acaba la última página. Después de eso, nada queda.
     Yo soy (y perdonad la pedantería) de los que no aprecio una obra de arte que no me impresiona, al menos un poco, que no me deja un poso de sensibilidad, que no me plantea preguntas, que no me hace reír o llorar de verdad, no solo un instante. Cuando una bufonada es efectiva, la risa es inmediata, pero cuando hay sentido del humor, uno sonríe solo con recordar la obra, sin que haya un momento que lo declare con exactitud. Así con todo. Es una bruma que dejará una huella en el recuerdo y al que podremos volver, de vez en cuando, revisando y actualizando los sentimientos. 
     La obra de Zafón no es así. Una vez acabada, es un precipicio al vacío. Estará ahí, en el estante, pero no habrá una segunda oportunidad, porque lo que me podía dar, ya me lo ha dado. Hasta ahí. 
     La gran diferencia entre La sombra del viento y un clásico de verdad, es la absoluta épica de los sentimientos humanos que brotan de los personajes, la carga de universalidad que está en esas novelas, los mundos que los representan. Un culebrón venezolano no será nunca un clásico, si acaso de la televisión, pero de una calidad discutible, por mucho que lo traten de reivindicar como cultura popular. 
     No estaré en contra nunca de este tipo de productos, pero si llegan a tanta gente, repito, es porque muestran la superficie de lo sentimental. No es el caso de Zafón, también hay que decirlo, puesto que su trama alberga motivos que son originales y profundos: el mundo de los libros, el amor por las palabras y las vidas creadas, la dignidad de lo que se ama. Zafón no es como un guión de televisión, desde luego.
     Tras decir esto, me quedan un par de conclusiones: en un país donde la gente lee muy poco, como España, una novela como La sombra del viento se convierte en un best seller indiscutible, como en medio mundo, llegando a millones de lectores. Dan Brown, con su remedo de la historia, también hizo algo parecido. ¿Por qué, entonces, los grandes clásicos de la literatura producen pereza en los lectores, abandono, dejadez?
     Yo, que pertenezco al mundo de la educación, me pregunto si presentamos mal a Dickens, a Cervantes, a Balzac, a Twain, a London, a Stevenson, porque me resisto a creer que un adolescente de ahora, aunque viva en la urbanidad del siglo XXI, no se siente atraído por un bajel que cruza los siete mares en compañía de ladrones, piratas y seres de todo calado y condición, o que no se estremece ante la visión imponente de Moby Dick saliendo furioso de las aguas, o en las costas de una isla misteriosa, o conviviendo con el capitán Nemo, o al galope junto al Quijote. Porque la vida, al final, produce las mismas sensaciones viajando con Rocinante o en el interior de una ciudad futurista en Blade Runner.
     Reivindico las lecturas de todos aquellos que recrearon la emoción para nosotros, porque si el mundo quiere a Zafón, puede querer también a todos estos. Así lo deduzco de los resultados editoriales y del apego de los lectores por la visión a flor de piel. De este modo, seguramente, conseguiríamos, no solo que se lea más, sino también que se lea mejor. 
Un abrazo. 

lunes, 22 de junio de 2020

¿Película o libro?



Qué es mejor, el libro o la película? Esta experta da su opinión ...


¿Película o libro?

     ¡Vaya pregunta más tonta! Normalmente, esto demuestra lo peligroso de no entender en qué consiste una obra de arte, o un lenguaje concreto. ¿Por qué digo esto? No es más tonto el que actúa como todo el mundo, sino el que no tiene conciencia de que lo hace. Hemos empleado millones de veces la expresión: "una imagen vale más que mil palabras". Y, la verdad, es una expresión absurda puesto que una imagen puede tergiversar una idea, dar una idea inexacta o inducir a un pensamiento que no es el que queremos provocar. Por lo tanto, tiene sentido que existan los libros, entre otras cosas porque las palabras pueden crear miles de imágenes (y esto al revés, créeme, no es tan fácil de conseguir de manera instantánea). 
     Vale, estoy arrimando el ascua a mi sardina, de acuerdo, pero lo hago con un propósito: un argumento es comparable solo en la medida en que participa de una idea. Sin embargo, dos esquemas o lenguajes que desarrollan instrumentos diferentes, ¿cómo podrían compararse? Solo en la medida en que tienen un parecido razonable. Y es por esto por lo que los lectores acuden al paradigma del libro que motiva la película, o de la película basada en el libro, que parecen la misma cosa pero que no se abordan del mismo modo. El que ha visionado una película cuyo guion se basa en un libro conocido, no suele tener la tentación de leer el libro, o por lo menos no es lo habitual. En el caso inverso sí que se produce el efecto contrario: una vez conocida la historia, apetece plasmarla en imágenes, cosificarla o personalizarla. De algún modo, la materialización de la idea que nos hemos ido creando es poderosa, es atractiva. Ponerle ojos y cara a un personaje con el que hemos soñado, que hemos construido a medida que leíamos, es como cerrar un círculo. Las personas somos muy dadas a fotografiarlo todo (por eso existen las cámaras en los móviles, es enfermizo).
     Sin embargo, seamos francos: una película no es ni menos ni más buena que un libro, porque no son comparables. Pueden ser la misma historia, pueden tener una conexión a través del autor y el guionista, pueden decir lo mismo, pero no lo dicen de la misma manera. Sin duda esto es así. Por lo tanto, comparar dos géneros como estos es un sinsentido, desde el principio y, en todo caso, revela la necesidad de ver las cosas con los ojos. Tal vez porque no confiamos en nuestra mente, o porque lo que vemos con la mirada del lector nos parece insuficiente. Pero si escarbamos en ese proceso de asimilación sentimental e intelectual, nos daremos cuenta de que, más allá de una imagen, de una actriz, de un encuadre o una fotografía, los colores de la mente son mucho más poderosos y enteros, ofrecen un espectro más amplio y, sobre todo, están elaborados sobre una experiencia incognoscible e imprevisible: la del efecto que produce leer, ese instante inclasificable en el que el autor, de una manera prodigiosa, conecta con el lector (al que no conoce) en un instante no determinado por nadie, en cualquier lugar, en cualquier circunstancia. El resultado de esa experiencia es tan fugaz que lo que produce, fuertemente, es una impresión imperecedera, lo cual resulta paradójicamente mágico.
    En conclusión, el cine, que es un arte estupendo que yo adoro, tiene su papel, pero no es un papel relacionado con la lectura, sino tangencialmente, puesto que todo libro derivado del papel a la película, ya no es un libro, sino un pariente lejano que, alguna vez, compartió ADN. 
     Por tanto, la próxima vez que veas una adaptación de un libro en el cine, piensa en ello y no trates de corroborar en una foto lo que tus ojos vieron con la imaginación, porque es imposible y decepcionante. Pero no dejes de ir al cine, claro.
Un abrazo. 

viernes, 5 de junio de 2020

EL MUNDO DEL EXCESO


Exceso de información? - Tank Lankenau - Medium






El mundo del exceso


     Los seres humanos somos muy dados a expresarnos con facilidad (algunos más que otros), a soltar por la boca lo primero que nos quema en el pecho, a decir lo que pensamos, a esputar como burbujas las palabras, y eso deja una huella. Todo lo que hacemos, como bien explica la física, tiene sus repercusiones. Hollamos la mente de los demás, los espacios de comunicación y las ideas, provocando ruido. Es curioso, pero en toda comunicación se produce ruido, como indican Shannon y Weaver. La única manera de combatirlo es con redundancia, se nos dice. O sea, que deberíamos ser pesados y repetitivos, lanzar una y otra vez el mismo mensaje para que la contaminación sonora o ideológica no apague nuestra vela.
     Sin embargo, hay quien sigue esta teoría al pie de la letra y se dedica a escribir estupideces en redes sociales o a publicar ideas absurdas, y peligrosas, con desafuero, con saña, como para impedir que otros le callen. Esta manera de actuar es muy propia de quien tiene pensamientos violentos: violento con el que no comprende lo que quiere decir, o quien no le apoya, violento con quien desprecia su ideología o con quien piensa que hay otras opciones mejores. En definitiva, violento con la diferencia. También existe quien cree que este mantra de la diversidad es bueno para colar axiomas frentistas, o absolutistas, populistas o cualquier "ista" que dañe la convivencia. 
     Veo en el ciberespacio, sobre todo en facebook, pero podría nombrar otros entornos, por supuesto, a gente que se desgañita para desacreditar lo que cree malo, a falsos intelectuales que ponen en boca de otros lo que ellos mismos no saben masticar, a individuos que deslizan palabras lacias, intentando parecer lo que no son, y a salvadores del mundo que invaden las comunicaciones con frases hechas, manidas, edulcoradas hasta el hartazgo. ¿Para qué? ¿Para corroborar, frente a los demás, que no se está solo, que no ha naufragado tu empresa existencial, que el mundo puede contar contigo?
     Parecen, más bien, mensajes en una botella, lanzados al mar de la ignorancia, para que alguien los recoja y recibir, así, unas migas de admiración. El patetismo de estos comportamientos no sería importante, de no tratarse de una (esta sí) verdadera pandemia, puesto que anula la posibilidad de que se puedan hacer aportaciones inteligentes a la comunicación de los interesados. Si formamos parte de las redes sociales lo es para escuchar y que te escuchen, pero siempre que tengamos algo que decir. Hablar por hablar es tontería. 
     Nunca me gustaron las redes sociales, la verdad. Es la primera vez en la historia de la humanidad que el hombre puede conectarse a nivel mundial y con tanta rapidez y facilidad. Es asombroso. Y, por tanto, resulta más asombrosa su estupidez, la manera en que la basura lingüística va invadiendo y añadiendo escombros al camino. Puede sonar clasista, pedante, pero a veces es preferible escuchar y aprender. Eso también es una manera de comunicación. Cuando damos a un "me gusta", un like, o como se llame, también estamos ejerciendo nuestro derecho a ser escuchados. Porque participamos de ideas que conectan con nosotros, o con eventos o con circunstancias o personas. No tenemos por qué lanzar verborrea innecesaria, o palabras vacías o ideas huecas, que no hacen falta, que estorban la buena circulación.
     Las palabras, como las acciones, son, también, nuestra responsabilidad y debemos usarlas con mesura y acierto. Tenemos derecho a equivocarnos, claro, pero no creo que lo tengamos a contaminar. Porque, aunque no lo creamos, una de las grandes maneras de contaminación de la humanidad se produce en un abecedario.
Un abrazo.

domingo, 10 de mayo de 2020

Kindle sorpresa

La Lectura De Libros Con Un Libro Electrónico Fotos, Retratos ...



KINDLE SORPRESA


     Nos empeñamos en ser modernos. Nos gusta ser modernos y demostrarlo. Ya no basta con leer lo último de lo último, lo que todo el mundo conoce, para tener algo que decir sobre ello, sino que, también hay que tener gadgets de todo tipo. Sé que hay quienes alardean de poseer bibliotecas en su tablet que multiplican por cien a la mía, que es física y ocupa una habitación entera. Por supuesto, por cálculo estadístico nada más, tengo la certeza de que jamás ese tipo leerá esa cantidad de libros.
     Es curioso que, a pesar de todo ello, la mayor parte de los lectores de libro electrónico, o de formato .pdf, afirman que prefieren el libro de papel de toda la vida. Claro está que si viajas en metro todos los días u ocupas parte de tu tiempo en desplazamientos, el Kindle es un invento fabuloso. Yo tengo uno y tiene varias ventajas: almacenas libros en un solo dispositivo, si tienes uno sencillo, como el mío, no emite luz, por lo que no dañas tu vista y lees igual que en un libro cualquiera y, lo que es más importante, desde el sillón de tu casa puedes ir de compras rápidamente, y descargarte tu nueva adquisición en segundos.
     Sin embargo, desde el punto de vista de las sensaciones, se pierden muchísimas otras cosas con respecto al viejo libro, que ofrece olores, grafismos, tactos...
     Es un debate de besugos lo de si se prefiere el libro físico al libro electrónico, puesto que las letras son, en sí mismas, objetos abstractos que la mente relaciona con ideas, y lo único que necesitamos es un estímulo que despierte las mismas, pero sí me veo obligado a decir un par de cosas al respecto.
     Desde el punto de vista de la belleza del objeto, no hay color. Un libro físico, sobre todo si es de segunda mano, tiene una vida que un libro electrónico no puede poseer, porque es un mecanismo digital que permite acceder a contenidos, y punto. Existe el arte digital, como existe la cocina deconstruida, pero a todo el mundo le gusta el huevo frito y las patatas. Comprensible. Esto implica que, alrededor del libro físico, se aglutinan los recuerdos, los detalles, las firmas de los amigos, las fechas, el coleccionismo, la belleza bibliográfica de lo raro, etc., cuestiones todas que dan valor al objeto mismo, además de a su contenido, por supuesto.
     Desde el punto de vista tecnológico, no puedo concebir un mejor invento que el libro. Como dice Carl Sagan, por el precio de un perrito caliente puedes tener la historia de Roma en el bolsillo. Es un producto, por lo tanto, asequible (siempre existe una versión barata, generalista o de segunda mano, que está al alcance de todo el mundo), manejable y respetable. Y esto lo digo porque el libro tiene una posición social, a nadie disgusta verlo, posee la aceptación de quien te mira y hasta mejora la consideración de quien lo porta. Por otra parte, el papel sobre el que se construye, desde hace muchos años, proviene de plantaciones de árboles al uso, que se han ido utilizando para no dañar el medio ambiente y hacerlo sostenible. Y, lo que es más importante, es un objeto que no consume electricidad, que no necesita batería y que se puede utilizar en cualquier lugar y a cualquier hora, siempre que existe un mínimo de luminosidad alrededor.
     Por todas estas razones, el libro físico es mi preferido aunque, como todo el mundo intuye, el saber sí que ocupa lugar. Habrá que aprovecharse de las opciones y usar la más adecuada a la personalidad de cada uno, y disfrutar...que es lo importante.

Un abrazo.

martes, 28 de abril de 2020

TÉCNICAS DE LECTURA. CAPÍTULO 2.

Álvaro Mutis y la nave que nos lleva - Zenda

EL GAVIERO


     Están los que dicen, y no sin razón, que nosotros no escogemos los libros que leemos, sino que son ellos los que no escogen. En esta sentencia se esconden muchas de las verdades de las relaciones del hombre consigo mismo. Nuestras acciones son un espejo de lo que deseamos o, simplemente, de lo que reprimimos. Y, por ello, podemos extraer conclusiones a partir de lo que comemos, nuestras aficiones, la pareja con la que estamos, la música que escuchamos, el coche que conducimos y, por supuesto, aquello que leemos.
     Recientemente, leí que alguien, en una red social, escribía que lo importante era leer, daba igual lo que fuese. También hay quien, en su ignorancia, descalifica a quien tiene argumentos para criticar un libro (criticar en el sentido de crítica argumentada, no en el sentido negativo del término; esta diferencia, parece mentira, hay que seguir explicándola). En todo caso, leas lo que leas, reflejará ciertas cosas de ti, te guste o no, porque las decisiones, los cruces de camino, somos nosotros los que los abordamos, y no los demás. Y las huellas en el camino son las nuestras, sin duda. 
     Carl Sagan, en esa maravillosa serie de televisión, Cosmos, decía que una persona, leyendo una media de 2 ó 3 libros diarios no alcanzaba, en una vida entera, a leer los libros de una de las estanterías de la biblioteca Metropolitana de Nueva York, una de las más grandes del mundo. Esto nos da una idea de nuestra insignificancia, y de la incapacidad para abarcar todo el orbe del universo literario o de sabiduría que encierran los libros escritos por la humanidad.
     Por esta razón, además de por higiene mental (puesto que no podemos alimentarnos de hamburguesas del McDonalds todos los días, igual con los libros), la selección de lo que leemos tiene una vital importancia. Sí, vital, aunque pienses que leer es una petulancia de intelectuales o una diversión que no lleva a ningún sitio: interesante, entretenida, pero poco más.
     ¿Te has parado a pensar por qué la gente tarda tanto en razonar determinadas cuestiones? ¿Por qué se utilizan argumentos vacíos o malintencionados, en lugar de expresiones lógicas, bien pensadas, sustentadas en una idea (más o menos acertada, pero apoyada en razones)? ¿Te has parado a pensar por qué la gente hace caso de bulos con tanta rapidez, por qué las redes sociales se inundan de imbecilidades o de voces superfluas y nulas? ¿Qué es lo que nos hace tan vulnerables a la información, que es lo que nos desnuda, nos hace débiles y tan permisivos a la manipulación de otros? Yo te lo diré: que somos, en la gran mayoría, una población inculta. Esa incultura no es la que se decía en el siglo XIX: la incultura lógica de la clase social, o provocada por la falta de información, o provocada por la falta de instrucción, no, se debe, precisamente, a la falta de un criterio propio que maneje la abundante y, yo diría, insana afluencia de información. Porque la mayor parte de la información que recibimos es mentira o está manipulada, o, simplemente, apesta.
     
     ¿Leer nos ayuda a ser más críticos? Nos ayuda, sí, porque a través de la literatura, o de la ciencia, o de la filosofía, o la historia, aprendemos a pensar. A pensar. Es sencillo, parece, pero supone el sustento de toda civilización: individuos capaces de pensar. En algunos casos, esto provoca muchos problemas, sí, contra gobiernos que quieren imponer criterios. Pero siempre es mejor tener libertad en nuestra mente ante cualquier amenaza.

     Ser cultos, por tanto, también es un proceso que conlleva un crecimiento personal. Un lector culto elige sus lecturas con cuidado, la mayor parte de las veces, porque no dispone de tiempo para tirarlo a la basura. Lo curioso es que a ninguno de nosotros nos sobra, seamos cultos o no. Pero de lo que se trata es de tener un Objetivo. Esta es la palabra Objetivo. En un plan de lectura lo único que tenemos que tener claro es: ¿para qué me voy a leer este libro? ¿En qué voy a invertir mi tiempo? ¿Servirá de algo? En toda apuesta se puede perder, está claro, pero tener un plan, un objetivo, es siempre lo mejor. Se evitan errores mayores e imprecisiones.

     ¿Qué razones tenemos para escoger un libro?
1- Que un amigo/a nos ha dicho que "engancha" (mira el Diccionario prohibido), que está muy bien.
2- Que es un libro famoso, que todo el mundo lee y que me despierta la curiosidad.
3- Que es un libro recomendado por la crítica o de un autor muy valorado.
4- Que me he pasado por el súper y tenía ganas de comprar uno, he visto la portada y me ha llamado la atención.
5- He cogido el primero que me sugería algo.

Puede haber otras razones, más ilógicas también, pero estas son algunas de ellas. ¿Es mala alguna de esas opciones? Pues depende. ¿Es malo comer grasas saturadas y ponerme como una foca si me gusta mucho y paso un buen rato? A lo mejor, no. ¿Es malo beberme una botella de whisky todos los sábados con los amigos, aunque la resaca sea horrible? Pues, en este caso, tampoco. Sin embargo, debemos reconocer que la gente vive mejor con una alimentación saludable, piensa mejor, tiene mejor sexo y las ideas claras y no padece dolencias, en la mayoría del tiempo. Ergo, supongo que la vida de excesos debe quedar reducida a unas pocas ocasiones. ¿Qué pasa si descubres que la vida sana te gusta? De vez en cuando te puedes dar un paseíto por los bares, claro. Aunque, en el fondo, sabes lo que te conviene.
     Elegir un buen libro puede ser sencillo. Si hace tiempo que he olvidado los clásicos, ¡vuelve a ellos! Tener una buena base siempre ayuda. Y allí encontrarás, documentándote un poquito por Internet, o leyendo bibliografías que encuentres por ahí en esos mismos libros, recomendaciones secundarias. Elegir a autores consagrados tampoco está mal, te lleva directamente a un buen terreno, siempre y cuando no sea el terreno de la comercialidad, donde abunda lo malo.
     No podrás tener personalidad como lector si, antes, no has leído, al menos, una cantidad decente de obras más o menos consagradas por el canon literario. Una vez que hayas aprendido cosas importantes de ti, como persona y como lectora, en esas experiencias, será el momento de que te decantes por el tipo de lectura que te gusta, investigando por ti misma. Pero no se hace la casa por los tejados. Sin un cimiento mínimo, no serás capaz de valorar la originalidad. Piensa que, de todos modos, buena parte de lo que el ser humano puede escribir (el molde, me refiero, no su contenido total), está ya confeccionado.
     Habrás de ser artesano antes de artista, monaguillo antes que cura, delineante antes que ingeniero. Haz como el Ché Guevara, cuando iba al combate: llena tu mochila personal de lecturas y retos, ve ocupando tu tiempo en voces fascinantes y cualificadas y, de vez en cuando, atrévete a investigar otras cosas. Huye de lo que te venden, salvo que lo veas interesante, y compra lo que tu instinto te diga. Con el tiempo, verás que tu instinto se va fortaleciendo, ganando músculo y entonces, para tu asombro, pasarás de un vals de Strauss a una sonata de piano de Beethoven. Sin darte cuenta.

Un abrazo.

viernes, 24 de abril de 2020

TÉCNICAS DE LECTURA. CAPÍTULO 1.

El Minotauro - Mitos y Leyendas para niños | ParaNiños.org

EL LABERINTO DEL MINOTAURO


     ¿Cuántas veces nos lanzamos al vacío de una lectura que se enreda como una madeja, que no nos deja ver el final del túnel y que nos confunde, a cada paso que damos? Si no entendemos que el perspectivismo funciona así, será imposible avanzar. 
     Una de las grandes limitaciones de la comunicación escrita consiste en que el lenguaje es unidimensional: puede dar la impresión de controlar la realidad, pero no es así. Es solo una ficción en sí mismo, una manera de adornar su imprecisión, su unidimensionalidad. La vida transcurre en forma simultánea: los seres hablan y actúan a la vez, mientras unos mueren y otros nacen y el sol aparece, al tiempo que, en otro lugar del mundo, lo hace la luna. Indiscutiblemente, el autor se encuentra ante la dificultad de pintar con un pincel tan pobre. Pero se las ingenia para conseguir que vayamos hollando los vericuetos de los personajes, cada uno con sus circunstancias, intentando que el hilo común de una historia, basada en algún tema que los una o los conecte, nos vaya llevando por las diferentes sendas. La narración debe poseer un faro luminoso que alumbre en medio de tan inmenso océano. Es un ejercicio referencial, en cierto modo, el de la construcción de una trama.
     Sin embargo, cuando un lector afronta una lectura que comienza a discurrir por caminos disjuntos y que parecen disociarse, debe respirar profundo y continuar. Porque, como confirmará más adelante, los propios personajes darán las claves para conectar unas voces con otras.
     Contaba Bajtin que la novela era el resultado de una polifonía, construida a partir de textos no literarios, cotidianos, de leyendas, de cuentos orales, de construcciones ficcionales, etc. El narrador es es el que aglutina todo esto y lo hace legible y comprensible. Esto es a lo que está acostumbrado un lector convencional. Pero ¿qué ocurre cuando existen varios narradores, sean homodiegéticos o no, es decir, protagonicen la historia o sean solo observadores? Pues que, en la mayoría de las ocasiones, nuestra mente padece una ligera confusión momentánea. Es como un estudiante de piano cuando tiene que aprender a disociar en su cerebro lo que hace su mano derecha, de lo que hace su mano izquierda: la armonía, el ritmo, la melodía. 
     No hay que perder la calma, de ninguna manera, se trata de avanzar. Y para ello es bueno centrarse en el personaje que narra, en cada momento, en la voz que nos hace experimentar lo que ve o siente en su área privada y vital. Porque lo importante es el fenómeno de la experiencia, lo que se llama la fenomenología del acto de observación del arte. 
     Palabrería. Porque más allá de la técnica, es como si estuviésemos en un mentidero de las viejas ciudades de España, en el foro público de las calles, los mercados, donde el populacho advierte las historias más disparatadas y cotidianas, donde todo parece abigarrado y confuso pero donde todo el mundo sabe de lo que se habla. Hay que inmiscuirse con el oído abierto, dejar entrar todo lo que se cuenta, e ir captando el ambiente de los personajes, las voces, los contextos, las circunstancias, más allá de cualquier acción anecdótica, que solo busca la hilación de la historia como si fuera gluten. 
     Si uno se deja llevar y absorbe lo que le van diciendo las diferentes voces, su mente se irá acostumbrando, sin prestar atención a detalles nimios y, conforme avance en la lectura, descubrirá que todo está conectado y que, sin querer, sabe de lo que se habla y lo que se cuece. Porque la mente se entrena con el acto y en el Laberinto del Minotauro lo importante es escuchar con avidez, para que el medio toro-medio hombre, no nos embista. 
Un abrazo. 

viernes, 17 de abril de 2020

FORMAR LECTORES

Ensayo : Formación de lectores : Anamari Gomís

FORMAR LECTORES


     Vivimos días de confinamiento. Mucha gente, entre ellos los docentes, nos preguntamos si deberíamos seguir adelantando materia para los alumnos, si esto es justo, si debemos repasar contenidos anteriores y dejarlo ahí aceptando, mal que nos pese, que en la sociedad del siglo XXI, donde todo parece pasar por las NNTT, parece que somos incapaces de mantener formación a distancia en la escuela pública. 

     Cuando estas cosas ocurren, los padres se perfilan como grandes víctimas del sistema, por tener que aguantar a sus hijos (sí, repito, a sus hijos), por hacer de profes y por entender, por una vez, que estos sí que trabajan y que la materia que, ahora, les parece imposible de gestionar es la que nosotros gestionamos con sus hijos a diario. 

     No obstante, en una cosa tienen razón: hay algunos profesores que sobrecargan a los alumnos de actividades, y no se trata de eso. Si de verdad el trabajo que estamos haciendo en casa, a distancia, con los medios telemáticos que nosotros mismos nos hemos proporcionado, puesto que la administración no ha podido, o no ha querido planificarlo anteriormente para ir adaptando nuevos métodos, no puede ser evaluado porque el sistema (padres, administración, algunos profesores) cree que no aporta nada, propongo algo:

     Deberíamos fomentar la lectura, puesto que lo dice la ley, y deberíamos hacerlo como prioridad fundamental en los alumnos de ESO. ¿Por qué no planificamos un plan de lectura de aquí a final de curso, que nos permita trabajar con ellos, sin prisas, determinados libros, donde se toquen muchas materias diferentes, y con los que podamos desarrollar su capacidad cognitiva?

     Porque, no nos engañemos, todos queremos enseñar nuestras materias, sí, y todas son importantes, pero el gran objetivo de la enseñanza secundaria (y lo debería ser del Bachillerato también, vistos los resultados) es crear lectores. Tenemos la obligación, como sociedad, de transmitir a los alumnos que la lectura es una herramienta imprescindible, la única imprescindible diría yo, puesto que da acceso a todo el conocimiento general de la raza humana y permite el desarrollo de las capacidades cognitivas y las múltiples inteligencias que contenemos. 

     En conclusión, si el gran lastre de la sociedad moderna (en España, aclaro) es que leemos poco, y mal, ¿no podría ser esta una excelente oportunidad para fomentar la lectura, sin prisas y sin tener que obligar a una nota o asociar la lectura a una carga de trabajo? De todos modos, visto lo visto, los contenidos se van a abandonar de algún modo, lo cual me produce un asombro mayúsculo. Pero, por otra parte, la lectura se ve como un complemento y no como una herramienta sustancial, por mucho que queramos introducirla con calzador en todas las asignaturas.

     De hecho, ¿no debería haber una asignatura solo de lectura? Hay quien opina que no se puede obligar a leer a nadie. Yo opino que si el cerebro no se trabaja, se atrofia, como cualquier músculo. Tampoco dejamos a los niños en casa, los obligamos a ir a centros masificados con programas de estudio constreñidos y muy estandarizados. Leer debe ser prioritario y debe ser la excusa para trabajar de manera multidisciplinar, término que los pedagogos utilizan con frecuencia pero que ni ellos mismos parece que sepan aplicar en nuestras abigarradas aulas. La teoría es una cosa y la triste realidad, como siempre, es otra más interesante y difícil.

     Para la celebración del Día del Libro en la Biblioteca Central de Almería, he grabado un vídeo leyendo un fragmento de "El Robinson del volcán" de James Fenimore Cooper, para cumplir con una iniciativa de una antigua compañera, que me lo ha pedido gentilmente. Acabo de hacerlo y se me ha ocurrido esta pequeña reflexión. Porque si nos dedicamos a fomentar la lectura, acallando nuestras conciencias, ¿por qué no hacemos, de una vez, que esta ocupe un lugar central en el desarrollo educativo de ciertas etapas en secundaria? 

     Al final, toda esa carga de gramática y estudios superfluos, bastaría con aprenderlos en una segunda fase. Dejemos que los niños de 12 a 14 años, e incluso 15, lean, por encima de todo, planifiquémoslo bien, apliquémoslo a distintos conocimientos, y el resultado será alumnos cultivados, con una facilidad de aprendizaje cien veces mayor, con un vocabulario exquisito, con retentiva fotográfica y con gran discernimiento de ideas. De ahí a aprender gramática básica de la lengua en un curso, es solo un fácil paso. Lo mismo diría de otras disciplinas como matemáticas o inglés, que también precisan de una comprensión lectora y de la capacidad lógica y resolutiva de nuestros cerebros.

     En fin, la frustración a veces trae este tipo de confesiones. Espero que no haya sido muy aburrida. 

     Un abrazo. 

MIENTRAS AGONIZO

  Mientras agonizo William Faulkner          Cada vez que encuentro una obra de Faulkner en cualquier tienda de segunda mano, mercadillo, o...