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martes, 14 de marzo de 2023

LA MUJER SIN NOMBRE

 



La mujer sin nombre
Vanessa Monfort


        Lamentablemente, tengo que incluir este volumen en la categoría de "Desastres" de mi blog. Y no porque la autora me parezca más mediática que sustancial, que también, sino porque el tema a tratar: la vida de María de la O Lejárraga, es un tema muy interesante y una excelente elección para una novela de ficción. Por eso, me lamento de que el resultado final no corresponda a mis expectativas creadas. Esta es la segunda novela que me recomendó mi hermana Esmeralda y que he leído (cosa rara) hasta el final. Seguramente, porque la trama me llamaba la atención y porque tenía el pálpito de que me iba a divertir con su lectura.

    Tengo que reconocer que, de una forma u otra, este volumen, que es extenso de por sí, contiene elementos más que suficientes para que la obra pueda ser recomendada. De hecho, ayuda, en buena medida, a que esta autora sea conocida y, por ende, a que el "engaño" de su anonimato salga a la luz. Esta historia real, la de una autora de enorme talento escondida en el nombre de su marido, el conocidísimo Gregorio Martínez Sierra, es una historia de machismo muy clásica pero, a la vez, muy llamativa. Sobre todo si tenemos en cuenta que la verdadera escritora pasó sin pena ni gloria para el gran público y que su marido, egregio nombre en los libros de historia de la literatura española, no escribió apenas nada destacable. 

    De esta manera, hay elementos que sirven para que las nuevas generaciones se aproximen a la lectura de esta novela, con la cual la historia les será más fácil de digerir y más divertida de interpretar. No obstante, Vanessa Monfort se ha quedado en la superficie del cuadro. Apenas ha pintado nada interesante que no viniese en una investigación del "caso". Apenas ha razonado la problemática que podría surgir de esta situación anómala. Se trata de una adaptación, casi hecho por hecho, de una cronología estudiada y conocida, bien informada, pero fría y distante. Si tuviésemos los informes objetivos de los acontecimientos que se narran, punto por punto, alguien con una cierta habilidad literaria podría haber escrito algo similar. Y eso es lo que no perdono a la autora: que no haya sido capaz de transmitir lo que este caso promete. 

    También es verdad que resulta muy difícil traspasar los hechos mismos, que son muy llamativos y atrayentes, para crear una obra de arte. Pero ese es el papel que se le exige a un escritor, sobre todo si trata este tipo de temas desde el punto de vista de la ficción. Creo, sinceramente, que esta novela es un ejercicio fallido y, a pesar de ello, lo recomendaría para aquellas generaciones que se están acercando al mundo de la literatura y, en consecuencia, quieren descubrir el verdadero papel de las mujeres en la historia, escondidas por mor de prejuicios, falsas moralidades y miedos atávicos a lo diferente.

    En este sentido, la novela merece la pena. Pero quien quiera algo más intenso, este no es el lugar.

Un abrazo.

viernes, 25 de junio de 2021

EL PACIENTE

 



El paciente
Juan Gómez-Jurado


    Indiscutiblemente, vender más de 1 millón de copias no es cosa baladí, y poco se puede decir al respecto (sobre todo negativo) cuando un autor alcanza esos niveles. Hacer una crítica constructiva de un producto que es un súper-ventas se antoja una cuestión difícil, es como nadar contracorriente. Pero se puede hacer.
    En muchas ocasiones, en este blog de lectura, he intentado transmitir la sensación que produce un libro comercial que no colma sino las expectativas más superficiales. Cuando todo es trama, el ruido oculta una serie de carencias que atraviesan la estructura fija del relato. Los personajes se tornan estereotipados, planos; las situaciones se vuelven intensas, pero fríamente predecibles; la tensión del argumento sucede, una tras otra, las escenas hasta construir un maremágnum que tiene final feliz. Todo en la línea más tradicional del término. Esto no es necesariamente malo: funciona muy bien en Julio Verne, en los grandes autores clásicos, en las novelas de aventuras, etc. Sin embargo, estas grandes obras contienen un poso de historicidad, de relieve que matiza la historia, de sensaciones de cercanía, de veracidad y, como poco, de contenido ideológico. Además, no dibuja los resortes que mantienen atento al lector sobre la sencilla identificación del miedo, de la sospecha o de la duda de los protagonistas, sino que enlazan, perfectamente, con sus personalidades, con su pasado, con su forma de entenderse cual individuos socializados y temporales. 
    ¿Qué quiero decir con esto? Que en las novelas comerciales actuales, por lo menos, muchos de los personajes intervienen desde la acción y son solo eso: acción. Los perfiles que muestran podrían corresponder a cualquiera en su situación, sin más. No hay doblez porque no hay relieve ni profundidad. Y entonces, como en una serie de Netflix, la historia corre a la velocidad del rayo, sin pausa, sin dar tiempo a más, si ahondar en los recovecos humanos que deberían experimentarse cuando hay interacción de cualquier tipo.
    Las historias de Juan Gómez-Jurado son mundialmente conocidas y reconocidas. ¿Qué pasaría si no hubiese vendido tantos millones de copias, si fuese un autor de un público minoritario, recibiría tal reconocimiento? Como ocurre con el Hollywood de taquilla o con la música de usar y tirar, este libro es una novela de "playa", para pasar el rato mientras te da la brisa marina. No es poca cosa, desde luego, pero no le pidas más.
    La he leído porque una alumna ha tenido el detalle de regalármela a final de curso, y lo menos que podía hacer era eso. Sin embargo, no he sentido curiosidad por este tipo de novelistas nunca, algo que ya he manifestado con creces en este diario. No obstante, Gómez-Jurado tiene una enorme facilidad para construir tramas perfectamente engranadas, y eso le hace ser un novelista, en todas sus dimensiones. No es sencillo lo que hace, y lo hace muy bien. Hay que reconocerle imaginación, oficio y buena mano. Por lo demás, más allá del aspecto hedonista, ocioso, este libro acabará en una estantería de mi biblioteca hasta el final de los tiempos. Porque no tiene nada más que aportarme. De todos modos, divertirse es buena cosa, y si es leyendo, mejor. Tampoco quiero parecer un ogro. Además, ¿quién soy yo, sino un simple lector?
Un abrazo

sábado, 28 de noviembre de 2020

EL ROJO Y EL NEGRO

 


El rojo y el negro
Stendhal


    Hoy voy a cometer un sacrilegio. Visto lo visto, el canon literario supera toda aspiración de crítica racional y, mínimamente, comprometida con el arte. Esto significa que los críticos no podemos supeditarnos única y exclusivamente a la fenomenología del arte literario, es decir, a la contemplación ecuánime de lo que leemos y comprendemos de una lectura. ¿Por qué? Porque estamos condicionados por la historia literaria, de una u otra forma. No obstante, no afirmo que esto sea negativo sino que, en muchas ocasiones, constriñe nuestra capacidad de actualizar las lecturas y colocarlas en su justa medida.
    Si uno busca información sobre El rojo y el negro encontrará numerosas alabanzas, que la colocan entre las mejores novelas francesas de su época, influyente en todos los aspectos del realismo y en autores tan importantes como Tolstoi. Sin embargo, comparar a Stendhal con Tolstoi, con todos los respetos, es una estupidez supina. El ruso es un autor inconmensurable desde todos los puntos de vista y Stendhal, a su lado, un principiante: un principiante de los buenos, claro, pero un aprendiz al fin y al cabo.
    Cuando terminé de leer esta obra tuve la sensación de no haber disfrutado, de haber hecho un esfuerzo consciente por el respeto que me merece este autor y por lo que consiguió. Esto es algo, sin embargo, que no me gustaría escuchar de alguien que lea algo mío: que lo hace por respeto a mí, devoción (si esto se diera alguna vez) o admiración por lo que los demás dijeran de mi obra. ¿Por qué? Porque parece que las expectativas creadas son las que sostienen el valor de esta obra de arte, y eso no deja de ser una negación del hecho mismo, de su propia consistencia.
    El lenguaje de esta novela se aproxima mucho, como no podía ser de otro modo, a toda la novela realista: detalles, introspección, omnisciencia, pintura de la sociedad de su tiempo, psicología del personaje, etc. Todo con gran profusión de detalles y un enorme compromiso del escritor. Hasta aquí, nada nuevo. En otro plano, hemos de afirmar que, comparado con Víctor Hugo o con Alejandro Dumas, Stendhal no alcanza los niveles de circularidad y perfección de las grandes novelas, por mucho que la crítica la haya ensalzado hasta las cimas de la época. Me pasó con él un poco como con Henry James: caí en la decepción más absoluta tan comprobar lo que de verdad, o falta de ella, había en su obra. 
    No estoy aquí para desprestigiar al que muchos consideran un gran escritor, porque Stendhal es, sin dudar, un gran escritor, pero El rojo y el negro no posee la profundidad y autenticidad de Dostoyevski, la grandeza y el compromiso de Tolstoi, su naturalidad, la pasión de Víctor Hugo y la genética novelística de un Dumas. No tiene nada de eso y, por ello, lo suple con trabajo y una visión esquemática del entorno, pero tampoco es un Proust narrando, ni tiene la frialdad de Mann, ni la desenvoltura de Galdós. Es un grande, sí, pero de segunda fila, en mi opinión, alguien que merece su nombre por el esfuerzo artístico, del que saca partido hasta donde puede llegar su lenguaje: que es ramplón, en ocasiones, repetitivo y apocado, plomizo y previsible. 
    Si alguien quiere leer buena literatura de una época tan prolífica y fértil, Stendhal no es mi recomendación. Para dulcificar esta crítica, empero, creo que hay lectores que encontrarán ciertos aspectos interesantes y que reconocerán un espíritu de época inconfundible, lo cual, ya de por sí, es un logro. Stendhal es una lectura recomendable a tenor de lo que encontramos en las estanterías de novedades, pero no puede ser comparable a sus coetáneos en el orden en que los grandes libros especializados lo colocan. Es mi opinión, por supuesto, y no pasa de ahí. Ahora que lo pienso, tal vez lo que estoy haciendo es recomendar que los lectores se acerquen a él para desmentirme, lo que es un excelente ejercicio comparativo y reflexivo. Ya se sabe, los buenos lectores son más sabios, al fin, que los especialistas.
Un abrazo. 

viernes, 19 de junio de 2020

LOS PILARES DE LA TIERRA




Los pilares de la Tierra
Ken Follet


     Incluir a Ken Follet en este apartado parece extraño, fuera de lugar. Porque Follet es un gran narrador, con mucho oficio, y un incansable creador de historias. Pero el éxito, en ocasiones, proviene de la mediocridad (en muchas ocasiones), en el inevitable acercamiento, fácil acercamiento, al lector, al gran público, que pide consumir productos de ocio y diversión, de entretenimiento, que no exijan más esfuerzo que el de recibir un estímulo. No se trata de procesar nada, de elaborar un pensamiento, de discernir o reflexionar sobre lo que se ofrece, sino de tener un estímulo cuya respuesta sea primaria, instintiva y, por supuesto, divertida. 
     Cuando los personajes sobre los que se construye un mundo de ficción tienen un perfil tan definido, sin matices ni contradicciones, nos encontramos, generalmente, en el campo del cuento, de la fábula, donde la ejemplificación juega un papel moralizador fundamental. Tiene sentido. Sin embargo, en el mundo de la novela, la veracidad de la construcción depende de cuánto nos acerquemos a una realidad, que no tiene por qué ser la que consideramos como tal, sino cualquier otra, pero que, en todo caso, es realidad, al fin y al cabo. Y en toda realidad, los individuos arrastran determinados planos de personalidad, no siempre concordantes, y reaccionan de diferentes maneras ante los problemas cotidianos y los desafíos de la existencia. 
     Quiere esto decir que la vida no es plana y los personajes, por lo tanto, no pueden serlo, tampoco. Un personaje plano es, en sí mismo, un carácter vacío, testimonial, y que, de hecho, puede jugar un papel importante en la historia. No obstante, todos los personajes no pueden moverse en el estatismo. Follet dibuja un mundo, en esta novela, donde los malos y los buenos siempre están donde deben estar, y donde las anécdotas superan a la propia configuración del universo literario. Porque no hay universo literario, sino un cuentista (en el mejor sentido) que elabora un producto consumible, de gran valía y solidez pero de nulo fondo, olvidando las grandes esencias de toda narración: contar por contar es un ejercicio absurdo que no lleva a nada, salvo a la exposición informativa, y poco más. 
     Por consiguiente, a todos aquellos que han leído la novela y se han divertido (y han leído, también, las secuelas pertinentes), y a aquellos que no lo han hecho aún, una recomendación: solo es para pasar el rato, no esperéis mucho más. 
Un abrazo. 

miércoles, 27 de mayo de 2020

Matando dinosaurios con tirachinas


MATANDO DINOSAURIOS CON TIRACHINAS de MAESTRE, PEDRO: Ediciones ...







Matando dinosaurios con tirachinas
PEDRO MAESTRE


     Inauguramos esta bonita sección, llamada "Cajón desastre", donde vamos a incluir obras que, en mi opinión, son como piedras en el camino. Yo ya he tropezado con ellas, así que te recomiendo evitarlas. Se trata de obras que, por una razón u otra, suponen un pequeño-gran despropósito, un intento fallido de literatura. Leerlas fue, para mí, una pérdida absoluta de tiempo y una decepción risible. Sin embargo, para aquellos que buscan ejemplos raros, exclusivos, la serie B de las letras, puede tener su encanto y, en este caso, no solo las recomiendo sino que, encarecidamente, las indico como rara avis.
     Me da mucho gusto comenzar con, nada menos, que un ganador del premio Nadal (para que veáis el nivel, ojito). Una novela, relato, cuento o ¡vaya usted a saber! que se inventó este filólogo joven, y con pintas de estudioso, y que alcanzó un éxito que, después, lógicamente, no se ha corroborado. Los experimentos, a veces, es mejor hacerlos con gaseosa. No es por nada, crean una sensación de extrañeza, de enajenación, que puede ser muy espectacular pero que, una vez que el gas se disipa, se quedan en aguachirri. En general, nunca he creído en los formalismos de por sí. Si vas a crear un texto que se centre en la forma, en la palabra, procura, entonces, que esta tenga suficiente valor para olvidar el contenido. De lo contrario, se queda en una acumulación vacía de maquillaje. Y no es que no llame la atención eso de eliminar toda puntuación de un texto tan largo, o de intentar re-crear la sintaxis del español como si pudiéramos re-inventar el lenguaje completo de un solo golpe de vista, pero la pretensión tiene que estar sustentada en la fundamentación. 
     No es el caso. Maestre ganó un importante premio español (cada vez más desprestigiado) por su originalidad, tal vez, pero convirtió el género novelístico en una comida sin sal, en una bebida laxante, en un camino sin cruces. El propio título, de un postmodernismo hasta gracioso, parecería hacer referencia a una época en la que el individuo ha superado los tics de esa modernidad, autoafirmándose en su madurez, que no es sino una pérdida del sentido común y de la lógica, tanto tiempo buscados. Da la impresión de que el autor quiere escandalizar al mundo, o al lector, convirtiéndole en partícipe de sus ensoñaciones creativas (lo cual no es malo, es más, tiene todo el sentido del mundo), aunque (me da la impresión), estas no son sino elucubraciones de un niño malo, que juega con la filología. 
     La palabra tiene un valor, un peso, pero cuando se construye sobre sí, sin olvidar que, al final, la piedra es piedra, y la arenisca, aunque tome mil formas, es desmembrable. Al fin y al cabo, para ser un formalista o un esteticista, hay que, primero, pasar por lo pecuniario, por el sustento diario, por la cotidianidad del escritor de esquina. Querer llegar al final de la escalera, olvidando peldaños, es un ejercicio de funambulista que, tarde o temprano, acabará en caída. Y las lesiones de espalda tardan mucho tiempo en curarse. Son muy jodidas.
Un abrazo.



MIENTRAS AGONIZO

  Mientras agonizo William Faulkner          Cada vez que encuentro una obra de Faulkner en cualquier tienda de segunda mano, mercadillo, o...