lunes, 14 de marzo de 2022

POESÍA COMPLETA

 


Poesía completa
Charles Baudelaire


    Podemos caer en demasiados lugares comunes si, únicamente, nos referimos al malditismo de Baudelaire, a sus Flores del mal o a elementos biográficos destacables, que representan una época, una concepción del creador artístico, una visión de lo degradante como exaltación de lo humano, lo auténtico, lo vivencial. La pasión de esta poesía estriba en su observación de las miserias del hombre, que transforma en grandezas. No es extraño que algunos lo comparen (salvando las distancias estilísticas) a Bukowski; no obstante, ese realismo "sucio" tiene poco que ver, en cuanto a lo estético se refiere, con el prisma del francés. Podríamos afirmar que su verso está alineado en lo intenso, oscuro y revertido de la mente humana, que exhala voz desde el lado del subconsciente, como si liberara las tensiones que se esconden en el margen de lo social. Y es más elegante.
    No es, de todos modos, una poesía marginal, entendida en los términos de la modernidad actual, sino todo lo contrario: un acercamiento a los parámetros de lo que somos profundamente, más allá de las máscaras formales que todos nos ponemos alguna vez. 
    Baudelaire fue la piedra angular de simbolistas, parnasianistas y vanguardistas de muchos colores. Fue la poesía sobre la que se construyeron voces como las de Rimbaud, Mallarmé o Verlaine, construyendo un enorme edificio de musicalidad, expresión e imágenes. Porque, más allá de la magia del lenguaje, estos poemas nos trasladan visiones de un pasado ya no tan reciente. Convencido de ser un demiurgo excepcional, paseó su silueta ennegrecida y ceñuda por los pasillos traseros de París, cohabitando con mujeres de la calle, con hombres extraordinarios y una cultura efervescente. 
    Hay muchas razones para recuperar a Baudelaire (aunque nunca se ha ido), pero sobre todo hay una: la renovación de nuestra sensación de estar vivos, mirando con ojos abiertos al interior del mundo que nos rodea, sin perder detalle.
Un abrazo. 

sábado, 26 de febrero de 2022

MIS VIAJES CON HERÓDOTO

 




Mis viajes con Heródoto
Ryszard Kapuscinski


    La Historia es una disciplina que nace en la antigua Grecia, cuando el centro de Europa pululaba por tierras asiáticas y la democracia se reducía a ciudades-estado. En este tiempo, viajar era casi una heroicidad, atravesando tierras inhóspitas sin ley, en espacios peligrosos y en civilizaciones bárbaras (en el sentido originario de la palabra, es decir, en el sentido de extranjeras, desconocidas). Cuando Kapuscinski, un periodista removido de la comodidad de su redacción por mor de circunstancias externas, se ve empujado a atravesar fronteras lejanas, llegando a lugares inesperados, la presencia de Heródoto entre sus pertenencias es una voz en la conciencia. 
    Kapuscinski descubre que el famoso historiador fue, en realidad, un reportero más: recopilando recuerdos de la gente del pueblo, voces de la intrahistoria (como diría Unamuno o como ya intuyó Alfonso X, el Sabio), documentos itinerantes, volátiles (que luego desaparecerían pero que dejarían eco en la obra del propio Heródoto), y restos del paso del tiempo en las huellas borrosas de los hombres. Como en una carrera contra el reloj y el olvido, la Historia se abre paso con las primeras dudas, los primeros titubeos y las certezas que suponen los hechos en la piel. Hay cosas que no pasan de largo, que dejan surco en la emoción: esta es una memoria imperecedera, universal, que transmite asuntos que se convierten en transversales a través de los acontecimientos, los hitos, los números.
    Se trata de una obra curiosa: un libro de viajes, por supuesto, pero también una conversación entre el protagonista y el libro de Heródoto, que se asoma, como un compañero de tránsito, en los caminos, en los trenes, los paisajes, las gentes, las dificultades. El hombre, como en la Historia, atraviesa la muerte, el silencio y el tiempo a lomos de la voz escrita, de los relatos íntimos y colectivos, los recuerdos. La memoria es una música que sigue incrustada en los valles, los montes, los ríos, el viento, como en la creencia de los aborígenes australianos, recogida en Los trazos de la canción, de Bruce Chatwin.
    Resulta sugerente y estimulante coger un ejemplar de este libro y meterlo en la maleta, sobre todo si se lleva en dirección a países poco hollados por el europeo medio: la India, Egipto, Mongolia... Soñar es interminable y hacer camino, un modo de construir la memoria de los que vendrán.
Un abrazo.




MIENTRAS AGONIZO

  Mientras agonizo William Faulkner          Cada vez que encuentro una obra de Faulkner en cualquier tienda de segunda mano, mercadillo, o...